El Caso #Venezuela: 30 años después

índiceCorría el mes de noviembre de 1984 cuando sale la primera edición del libro “El Caso Venezuela. Una ilusión de armonía”, 30 años después, ante la bruma que nos rodea, la relectura de este texto presenta un espejo que permite conocer los “polvos” del pasado para comprender los “pantanos” del presente.

Este libro, dirigido por el economista Moisés Naím y el sociólogo Ramón Piñango, compiló una serie de temas de gran relevancia para la Venezuela que empezaba a vivir la secuelas de la borrachera de la Venezuela del “ta´ barato dame dos”. Recordemos que apenas en 1983 se vivió el primer campanazo de la crisis venezolana con la devaluación sufrida durante el “viernes negro”. A continuación algunas de las ideas principales de este libro.

¿Qué rasgos caracterizaron a la Venezuela que vivió esa ilusión de armonía? Este fue un país fecundo sembrando grandilocuentes aspiraciones con una extensa cosecha de frustración y escepticismo, arrancaron señalando Naím y Piñango. Como anécdota de ese entonces se hacía mención a los dichos de la gente en torno al recién inaugurado Metro de Caracas: “¡No parece Venezuela!”.

¿Cómo nos unimos para avanzar? Se preguntaron en 1984 los autores de El Caso Venezuela, y ya en ese entonces se decía que se trataba de un asunto difícil y urgente, por lo cual era necesario promover reglas de juego bien establecidas, aceptadas y seguidas por una mayoría, que al mismo tiempo aumentaba la dispersión del poder.

Al escudriñar en los mecanismos que sirvieran como cemento para unir a la sociedad, saltaba en el análisis la carencia de marcos ideológicos. Y sin embargo se pudo avanzar gracias a un lineamiento estratégico básico: “Hay pa´ todo” y era evidente que el sector público de ese entonces copaba casi todos los espacios, no había reducto que no escapara de su influencia.

Esa sensación de onmipotencia no permitió el establecimiento de prioridades en la agenda pública, y peor aún: se obstaculizó la aparición y el desarrollo de nuevos dirigentes, pues ¿Cómo iba a ser posible fomentar una generación de relevo cuando los líderes no tenían ante sí una tarea especialmente exigente, y el exceso de recursos permitía resolver cualquier controversia a punta de “realazo”? Adicionalmente, esta abundancia de recursos propició también la incontrolada proliferación de organizaciones sin organización alguna y con innumerables solapamientos.

En la Venezuela de La Ilusión de Armonía: “Todo era posible”. El voluntarismo fue una actitud compartida por igual desde la director de empresas hasta el dirigente de la ultraizquierda. Lo fundamental era la definición del objetivo y el apoyo político a esa intención. Lo demás era “carpintería”. Esta tendencia sería bautizada años después por el personaje Eudomar Santos de la telenovela “Por Estas Calles” con la frase: “Como vaya viniendo vamos viendo” .

Un dato nada desdeñable que asoman Naím y Piñango fue que, pese a todas las tensiones que supuso un proceso de modernización como el que vivió el país, el conflicto abierto no está presente en la dinámica de la sociedad venezolana de esos años. La razón: La evasión del conflicto fue la norma inviolable que se impuso desde 1958 y ya empezaba a desmoronarse. Pese a la desigual distribución de la riqueza que existió, la expectativa de que “hay pa´ todo porque hay pa´ todos” era el mandato de ese momento que no preparó al país a la posible llegada de las vacas flacas.

Ya en ese entonces se decía que las “válvulas de seguridad” (tomar en cuenta los intereses de las mayorías; eficiencia en los representantes; sistema judicial objetivo, confiable y poco engorroso; pluralismo en los medios de comunicación) para aliviar las tensiones provocadas por los conflictos entre sectores sociales no eran muy confiables en Venezuela. En ese contexto los políticos eran vistos como corruptos y no solo no se promovieron suficientemente los cuadros de relevo, se bloqueó su desarrollo. Horacio Blanco y Desorden Público cantaban por esos años “Yo quisiera que los políticos fuera paralíticos”, y vaya que se logró ese deseo.

Todo lo anterior, aunado a la debilidad de los mecanismos para ventilar los conflictos que inevitablemente se produjeron y la improvisación en la preparación de los dirigentes, hicieron que las instituciones y, por lo tanto, el país como un todo, fuera peligrosamente vulnerable ante la desaparición de sus líderes tradicionales.

De tal modo que la combinación de recursos abundantes y la aversión al conflicto, limitó fuertemente la posibilidad de que se desarrollarán mecanismos idóneos para procesar y arbitrar, de una manera justa, ordenada y cívica, los conflictos que, como hemos señalado, inevitablemente surgen en cualquier sociedad en transición, y Venezuela no fue la excepción.

“¿Qué ha de pasar ahora cuando ha cambiado drásticamente la situación de abundancia? ¿Qué pasará en esta época de vacas flacas y gordas aspiraciones? ¿Seguirá operando tan eficazmente la aversión al conflicto como mecanismo de integración de la sociedad venezolana?” Se preguntaron los autores de la publicación que estamos reseñando .

Este libro fue una exhortación a la sociedad venezolana para no hacerle el juego a los encantos de algún “terrible simplificador”, con su receta de cómo “solucionar a Venezuela” debajo del brazo. Y vaya que cuando las sociedades entran en crisis se está a merced de “terribles simplificaciones” que apelan al pensamiento mágico para aprovecharse de la ingenuidad y la desesperación de la gente.

30 años después de El Caso Venezuela vivimos las consecuencias de haber sucumbido ante las “terribles simplificaciones” y el no haber discutido las preguntas que nos exige nuestra historia contemporánea. Hoy día el colapso ha paralizado o espantado a buena parte de quienes vivieron y se beneficiaron de esa Ilusión de armonía.

¿Qué hacer? es la pregunta que nos hacemos quienes nos quedamos en Venezuela con la sensación de que el caos aún no ha llegado a su fin, y se sigue profundizando la desintegración entre los venezolanos. Las “terribles simplificaciones” no han dejado de acecharnos.

#LaCosaEsAprender

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