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Elogio de la paternidad

Paternidad

“Un padre no es aquel que da la vida, eso sería demasiado fácil, un padre es el que da amor” Denis Lord 

Tenía 17 años cuando fui a ver al urólogo para que me explicara que significaba algo que decía el espermatograma. Quería entender por qué por tercer año consecutivo me mandaban a hacer este examen. Ya sabemos que dichos exámenes médicos aparecen casi siempre en un lenguaje extraño para los no- médicos, lo cual era mi caso que motivaba mi inquietud y curiosidad. En dichos informes aparecía una y otra vez la palabra “azoospermia”.

El urólogo esta vez no dio muchos rodeos: “usted no puede tener hijos”. Esta opinión experta y autorizada por el Colegio de Médicos del Distrito Federal y estado Miranda, cayó como un relámpago sobre mi ser. Todas aquellas ilusiones que empezaban a gestarse de algún día ser papá y las frases de mi viejo -que ya se me había ido, pero guardaba en el corazón-, sobre el cariño que tendría hacia mis hijos, se pulverizaron en un instante.

Ese día me recuerdo haber llorado desde que salí del consultorio hasta la casa de una noviecita que tenía, a quien le decía que “no podíamos ser novios porque no podía tener hijos”. El mundo se me había derrumbado como hombre y no sabía qué me esperaba.

En casa no sabía cómo contarlo, de hecho hasta hace poco no lo había compartido con mucha gente. Recuerdo haber hablado con mi profesora de psicología del colegio, quién me regaló la posibilidad de sobreponerme al hablarme de la responsabilidad de ser padre: “padre no es el que engendra, padre es el que cría y acompaña”.

Al poco tiempo se presentó uno de mis primeros desafíos profesionales, apliqué y quedé en el Museo de los Niños, una maravillosa experiencia de servir a tantos niños y enseñarles de una forma divertida; luego de eso vino también la entrada al mundo de la sociología, y poco a poco fui creciendo personal y profesionalmente. La trascendencia la he visto posible desde la huella que mi emprendimiento puede dejar en este mundo.

Pero debo confesar que en la dimensión de mis afectos, en mi capacidad de comprometerme con un proyecto de procreación de un nuevo ser era algo que evadía y que me dolía pensar, y comprometerme, dada la frustración que esta creencia limitante de mis potencialidades como padre significaba para mi.

No vengo a juzgar cómo lo hacen, o lo están haciendo otros padres, vengo simplemente a compartir un deseo del alma que había sentido negado para mi. Creo que necesitamos a más padres responsables, y este aprendizaje ha sido desde la oportunidad de ver mis deseos de ser padre refrenados durante años.

Mi vocación ha sido la de servir al prójimo, compartir un mensaje de ánimo entre tanto desaliento, y ante la confesión que hoy traje, mi manera de manera de automotivarme ha sido como dice la canción de Hector Lavoe: “Y sigo mi vida / Con risas y penas / Con ratos amargos / Y con cosas buenas (…) Y a los que me siguen / Mi canción vine a brindar”.

Con este escrito aspiro superar de una buena vez ese resentimiento que he tenido conmigo mismo por esa condición, alcanzar la paz que me permita seguir generando frutos no solo en mi entorno profesional, sino personal. Pero también dejar la resignación, el autosaboteo y las parejas “no disponibles” que no se resuelven a construir el ambicioso emprendimiento de una familia.

Así que además de Felicitar a todos los padres responsables en su día, lanzo al mundo mi deseo por también dar vida y amor a través de la paternidad.

#LaCosaEsAmar

En contra del “odio de clases”

Con una madre de 47 años y un padre de 56 mi primera irreverencia emprendedora fue vencer el sustico que da el llegar a este mundo cuando se pensaba que la “fábrica” estaba cerrada. De pequeño siempre me la pasaba con mis padres en su “negocio” frente al Mercado Periférico de Catia, y allí pase muchas tardes atendiendo a la clientela de “La Criollita”, como se llamaba este local atendido por sus propios dueños.

Cuando cumplí los 10 años, mi papá se enfermó de algo muy raro para mí -con el pasar de los años me enteré que era cáncer óseo-,  lo que le limitó subir las escaleras del bloque del 23 de Enero donde vivíamos, esto nos obligó a mudarnos a un anexo en La California Sur -al este de Caracas-, y así me convertí en su conductor de silla de ruedas por un tiempo. Este cambio de mundo siempre lo ilustro diciendo que pasé de compartir con amiguitos cuyas vacaciones las disfrutaban en populosas playas del litoral central, a relacionarme con chicos cuyos viajes eran hacia Estados Unidos o Europa.

A pesar de que mi padre murió a los meses de mudarnos, esta nueva realidad me mostró que teníamos a dos países en frente, y con el pasar del tiempo afianzó mi compromiso de servicio hacia el otro y me ha impulsado a trabajar como emprendedor social en mi país.

Siempre he dicho con orgullo que me crié entre Catia y el 23 de Enero, y lo continuaré diciendo. También afirmaré que aunque mis padres no terminaron la primaria supieron sacar adelante una familia procurando que sus hijos se superaran en base al estudio y al trabajo. Pese a las dificultades económicas que pudimos haber atravesado, el legado que me entregaron mis padres ha sido el de aprender a ser perseverante y no doblegarme ante las dificultades.

Cuento esto porque Venezuela ha entrado nuevamente en una etapa de crispación y para algunos, esto pareciera ser un problema de ricos contra pobres, de oeste versus este de la ciudad, gente estudiada en contraposición con la gente que no tuvo acceso a la educación, y pare usted de contar cuantos antagonismos podemos enumerar que “supuestamente” nos muestran irreconciliables.

En tiempos en los que se incita al “odio de clases”, y hasta se promueven acciones que desconocen a quien pueda tener diferencias sociales, urge advertir la amenaza del ver al otro como un “burguesito” o un “malandro”, sin darnos cuenta que estamos cayendo en una terrible generalización que nos impide identificar nuestras potencialidades compartidas.

Estoy seguro que no todo es tan malo en nuestro pasado y que en nuestro futuro aún es posible construir una sociedad en la que todos quepamos. Venezuela está llena de testimonios de gente emprendedora que han venido de abajo y han “echado pa´ lante” con trabajo y entusiasmo. La tarea no es sencilla, pero tampoco imposible. Para construir el país que queremos en el país que tenemos es hora de reconocer esas lecciones de superación y -con irreverencia-  tumbar las barreras de los prejuicios y el resentimiento. ¿Estás dispuesto a dejar el sustico hacia quienes percibes diferentes a ti y tender puentes entre los venezolanos? #LaCosaEsEmprender.

(Este artículo fue publicado en la Edición 33 del Suplemento de Responsabilidad Social: Nota Responsable el 26 de febrero de 2014)